Hay policías que no creen en los milagros, pero aún conservan una silla para la duda.Expediente sin cerrar
Ledesma eligió un bar cerca de la Gran Vía, de esos con servilleteros metálicos, camareros que no sonríen por obligación y café fuerte servido en vasos pequeños. Vera llegó diez minutos antes. Inés insistió en acompañarla hasta la puerta y luego se quedó fuera, fingiendo mirar escaparates con una discreción pésima. A Vera le hizo bien verla allí: una vigilancia torpe, familiar, humana.
El inspector apareció puntual, con gabardina clara pese al calor y un expediente bajo el brazo. Tendría unos sesenta años, quizá más, y una mirada que parecía haber visto demasiados informes redactados para no decir nada. Se sentó sin quitarse del todo la chaqueta.
—Lucas dice que usted es psicóloga.
—Y usted no es amable.
Ledesma arqueó una ceja. —Lucas habla demasiado.
No pidió disculpas por el brusco inicio. Vera tampoco las esperaba. Le mostró las copias autorizadas. Él las revisó en silencio, pasando las hojas con dedos anchos. Cuando llegó a la referencia de Alhama, se detuvo apenas una fracción de segundo. Fue suficiente.
—Conocía el caso de Nora Vega —dijo Vera.
—De oídas.
—Eso suele significar “sí, pero no quiero cargar con ello”.
Ledesma levantó la vista. No se enfadó. Quizá porque la frase era injusta, o quizá porque era demasiado justa.
—En 2018 había tres desapariciones abiertas, dos agresiones graves y una operación interna que no salió en prensa. Nora entró como posible marcha voluntaria. Mal encajada, sí. Pero encajada así.
Vera sintió una rabia fría. —Una mujer que preparaba una denuncia desaparece y alguien decide que se fue porque quiso.
—Alguien, no. Un sistema. Y el sistema tiene muchas manos limpias.
Esa frase la desarmó un poco. Ledesma no se estaba absolviendo. Tampoco se ofrecía como héroe tardío. Hablaba desde un lugar más incómodo: el de quien sabe que formó parte de una maquinaria y aun así quiere distinguir dónde empezó la negligencia y dónde la complicidad.
Sacó una carpeta propia. Dentro había la ficha de Nora, fotografías de carteles, una declaración de su hermana, un informe de geolocalización incompleto. Vera leyó una línea subrayada: última señal móvil: entorno carretera A-402, dirección Alhama.
—¿Por qué no siguieron por ahí?
—Se siguió poco. Demasiado poco. Hubo una llamada anónima diciendo que Nora había cruzado a Málaga con una pareja. Basura, seguramente. Pero sirvió para desviar.
Vera miró por la ventana del bar. Inés seguía fuera, ahora hablando por teléfono con gestos exagerados. La normalidad era una actriz incansable.
—Lucas cree que el cuaderno de Nora no desapareció entero —dijo Vera.
Ledesma cerró la carpeta. —Nora tenía un cuaderno negro. Lo llevaba siempre. Su hermana lo mencionó. No apareció en el piso.
—¿Y Manuel Ríos?
El nombre produjo en Ledesma un gesto de cansancio. —Funcionario gris. No de los que mandan, de los que facilitan. Sellos, llaves, horarios, llamadas. Ese tipo de personas son peligrosas porque parecen pequeñas.
—¿Hablará?
—Depende de cuánto miedo tenga y de a quién tema más.
Vera se inclinó. —Yo no quiero estropear una investigación.
—Entonces no juegue a detective.
—No juego. Daniel era mi hermano.
Por primera vez, Ledesma no tuvo respuesta inmediata. La palabra hermano ocupó la mesa, el café, la carpeta. Vera no la usaba como credencial, sino como herida abierta. Él debió entenderlo, porque bajó la voz.
—Iremos despacio. Yo hablaré con Lucas. Usted hable con quien pueda hablarle como persona, no como pieza policial. Pero si ve fuego, se aparta.
—Llegamos tarde al fuego.
Ledesma la miró con una tristeza vieja. —Siempre se llega tarde al primer fuego. La cuestión es impedir el segundo.
Al salir, Inés la abrazó sin preguntar. Vera miró hacia arriba, hacia la ciudad extendida, y pensó que Granada no escondía sus sombras bajo la alfombra: las integraba en la piedra, en las cuestas, en la belleza. Quizá por eso dolía más. Porque incluso lo terrible podía ocurrir en un lugar hermoso.